Las peluquerías chinas, esas grandes desconocidas
· Sergio Roldán
A comienzos de 2014 la pregunta circulaba por bares, foros y sobremesas: ¿eran las peluquerías chinas solo peluquerías o eran «algo más»? ¿Y cómo se explicaba la velocidad a la que se multiplicaban estos locales en según qué barrios?
La explicación aburrida existía. La comunidad china era cada vez más numerosa en algunas zonas, y lo lógico era que fuera generando servicios orientados a su propia gente. Pero bastaba quedarse unos minutos frente a la entrada de uno de estos negocios para comprobar el trajín constante de clientes occidentales que entraban y salían. Curiosamente, con el mismo peinado con el que habían llegado.
La mayoría de los locales complementaba la peluquería con manicura o masajes, y esto último ofrecía una explicación de lo más convincente para las camillas de la trastienda o del sótano.
Lo que contaba el trabajo de campo
La fascinación por Asia, su cultura y sus costumbres hizo de detonante para más de un curioso, con el aliciente añadido de no saber dónde se mete uno ni qué puede pasar. A la pregunta de si estos locales eran «algo más», quienes hicieron trabajo de campo respondían con un sí rotundo, aunque con matices: nadie se atrevía a hablar de tapaderas cuya principal fuente de ingresos fueran los extras, y tampoco todas los ofrecían. Pero la inmensa mayoría de los locales visitados, según aquellas crónicas, sí.

El protocolo tenía su ciencia. Preguntar a las bravas por los servicios adicionales solía toparse con caras de no saber de qué se hablaba, así que los veteranos recomendaban tratar el asunto en privado, sin otros clientes delante: pedir un masaje corriente y, ya en la camilla, consultar. Superada esa primera fase, la siguiente llegaba en un 85 % de los casos, según la estadística casera de los más metódicos.
Tarifas populares y un «¿yaaa?» de recreativa
Los precios de cara al público eran muy económicos: cortes de pelo desde 5 euros y masajes por franjas de minutos verdaderamente baratos. Los servicios adicionales, en cambio, subían bastante, hasta rozar los 50 euros.
Las crónicas de la época describían escenas memorables: profesionales capaces de despachar la faena mientras contestaban SMS con el móvil, con una destreza que hacía dudar de si eran ambidiestras y una indiferencia absoluta, levantando la vista solo para soltar el «¿yaaa?» de rigor, en el mismo tono que Chun-Li en los salones recreativos.

No todo eran maravillas. El masaje propiamente dicho solía ser un paso previo difícil de eludir, y ahí la profesionalidad flojeaba: cuello y espalda son zonas delicadas, la mayoría no tenía mucha idea, y más de un cliente volvió a casa desahogado pero con el cuello enganchado para tres días.

En cuanto a si las trabajadoras estaban allí por voluntad propia, la impresión general de quienes frecuentaron estos locales era que sí. Eso sí, en no pocas ocasiones se pedía al cliente discreción sobre los servicios adicionales; nunca quedó claro si era por embolsarse la propina íntegra o porque la casa tenía prohibidos esos extras.
Un último apunte en el que coincidían todos los testimonios: tampoco cortaban mal el pelo.