Aquellos cartuchos piratas de Game Boy
· Sergio Roldán
La Game Boy fue, además de la portátil más vendida de su época, el soporte de un mercado paralelo enorme. Junto a las estanterías de los videoclubs, en las tiendas de barrio y en los bazares aparecieron cartuchos que no habían salido de ninguna fábrica de Nintendo, y que durante toda la década se vendieron casi a la vista.
Ese mercado creció durante los noventa y empezó a retirarse ya entrado el siglo XXI, cuando el control policial y las sanciones lo empujaron a canales más discretos. No desapareció: mutó hacia los cartuchos con memoria regrabable que después acompañarían a las consolas portátiles de la generación siguiente.
La copia que se hacía pasar por original
La variante más dañina no era la más aparatosa. Consistía en vender una copia al mismo precio que el juego legítimo, y funcionaba porque el comprador no tenía manera fácil de comprobarlo en el mostrador.
Las señales, con el cartucho ya en la mano, eran estas:
- Falta el logotipo. Los cartuchos oficiales llevan la marca de Nintendo o Game Boy en la carcasa. Su ausencia es el indicio más inmediato.
- Detalles físicos. Un tono de plástico que no coincide con el del original, una etiqueta con la impresión movida o una caja con colores apagados. En algunas copias la diferencia es evidente; en otras hace falta poner los dos cartuchos juntos.
- Fallos a medio plazo. Es la prueba definitiva, y llega tarde. La copia deja de guardar partidas o directamente deja de arrancar al cabo de unos años. Más de un Super Mario Land 2 murió así.
- Juegos «de importación». Cuando un título aparecía en la tienda del barrio antes de su lanzamiento oficial en España, el origen estaba claro. Pokémon Oro y Plata circuló de esa manera, en cartuchos negros y con etiquetas mal impresas, mucho antes de llegar de forma legal.
Los multicartuchos
La otra gran familia respondía a una realidad económica: el dinero para juegos llegaba con cuentagotas. Si un cartucho costaba lo que costaba, la promesa de llevarse decenas de títulos en uno solo era imbatible.
Los «100 en 1»
El fraude en estado puro. Dentro había entre tres y cinco juegos que merecían la pena, y casi siempre los mismos: Super Mario Land, Alleyway, Lode Runner, Motorbike y, con algo de suerte, Tennis. Los ochenta y tantos restantes eran esos mismos títulos repetidos bajo nombres inventados. Super Mario Land reaparecía como Mario Handler, Motorbike como Bike y Lode Runner como Loder Chaser, y así hasta completar el número que figuraba en la carátula.
Eran los más baratos y los más frustrantes. Un niño que había ahorrado para un cartucho de cien juegos descubría en veinte minutos que tenía cuatro.
Los «8 en 1» y derivados
Lo más decente dentro del género. Al ofrecer menos títulos no necesitaban rellenar la lista con repeticiones, así que los ocho juegos solían ser ocho juegos distintos y razonablemente interesantes. Además aparecían enumerados en la carátula o en la parte trasera de la caja, con lo que el comprador sabía a qué atenerse antes de pagar.
La llegada del color, sin color
Con la Game Boy Color el mercado paralelo se adaptó y aparecieron los cartuchos «en color». El matiz importante es que el color estaba en la carcasa y en la etiqueta más que en el contenido: la mayoría de los títulos incluidos seguían siendo juegos de la Game Boy monocromática, con lo que la promesa se quedaba en el envoltorio.
Carátulas que prometían de más
En la etapa de la Game Boy Advance el engaño se trasladó al diseño de la caja. Se anunciaban juegos que después no estaban dentro, con Wario Land como caso recurrente, y se usaban imágenes de franquicias en su mejor momento, sobre todo Dragon Ball Z, para captar la atención en el expositor. Dentro podía haber cualquier cosa, incluidas versiones no autorizadas de juegos de Mario.
Qué hacer con ellos hoy
Entre coleccionistas de Game Boy, estos cartuchos han pasado de vergüenza a curiosidad. Su valor económico es prácticamente nulo, pero comprarlos tiene algo de sobre de cromos: no existe un catálogo fiable de lo que se fabricó, cada menú es distinto y hasta que no se enciende la consola no se sabe qué hay dentro.
Esa es también la razón para no tirarlos. Documentan una parte del consumo de videojuegos en España que no aparece en ninguna cifra oficial de ventas, y que para mucha gente fue la vía real de acceso al catálogo de la portátil.