Gloria y caída de los chicles Boomer
· Nuria Ferrer
Para quien creció en los noventa, la palabra «boomer» no evoca a los zombis rechonchos de Left 4 Dead ni a las discusiones generacionales de internet. Evoca un envoltorio rectangular, un chicle rosa que perdía el sabor en tres minutos y un expositor de kiosco en el que aquella marca ocupaba siempre la fila de abajo, la que quedaba a la altura de los niños.
El chicle que ganaba por precio
La ventaja competitiva de Boomer no estaba en el sabor, sino en la aritmética. Un Bubbaloo, con su relleno líquido de colores vivos, costaba el doble. Con el mismo puñado de monedas se podían comprar el doble de Boomer, y esa cuenta la hacía cualquier crío antes incluso de saber hacerla sobre el papel. En una época en la que el presupuesto diario se medía en duros y competía con los cromos y las chucherías a granel, ganar por precio equivalía a ganar el mercado.
Sobre esa base, la marca se permitió algo que no era habitual en el sector: experimentar. Los sabores clásicos, fresa y clorofila, tuvieron que compartir expositor con propuestas bastante más arriesgadas. Fresa ácida, coco, refresco de cola, melocotón, clementina y hasta natillas de vainilla pasaron por los envoltorios. Algunos funcionaron y otros desaparecieron en cuestión de meses, pero el catálogo entero funcionaba como una lotería semanal: nunca se sabía del todo qué iba a haber en la caja al llegar al kiosco.
El Kilométrico y otros formatos
El golpe de efecto llegó con el Kilométrico Boomer, una cinta de chicle enrollada dentro de una cajita redonda de plástico. Se tiraba del extremo y se cortaba la cantidad que uno quisiera, un gesto que convertía el acto de comprar chicle en algo parecido a manejar una herramienta. El formato tenía su punto débil: si la cinta llevaba tiempo en el expositor y se había secado, se partía y se quedaba dentro de la caja. El plástico, en cualquier caso, se abría sin mayor problema y el chicle acababa fuera.
Un superhéroe que no hablaba
El activo más reconocible de la marca no era un formato, sino un personaje. Vestido íntegramente de azul, con ropa ajustada y las dos «OO» rosas del logotipo a modo de emblema en el pecho, la mascota de Boomer estiraba brazos y piernas con la elasticidad de Mister Fantástico o Plastic Man. Protagonizó una buena cantidad de anuncios de televisión y en todos ellos hacía lo mismo: aparecer cuando un grupo de chavales se había metido en un lío, resolverlo y marcharse sin dar explicaciones.
Los líos, por cierto, casi nunca eran culpa de un villano. En los spots más emitidos, los chicos remaban en una piragua hacia el borde de una cascada o cruzaban un puente en muy mal estado por pura inconsciencia. El héroe azul llegaba, los rescataba y el reparto terminaba comiendo chicles a dos manos. El personaje no hablaba, y ese silencio era buena parte de su atractivo: dejaba abierto de dónde salía y cómo había conseguido sus poderes.
Ese equilibrio se rompió en la última etapa de la marca. El actor fue sustituido por un modelo generado por ordenador y el personaje empezó a hablar, con lo que el misterio se evaporó de golpe. La mascota pasó de ser una rareza televisiva a un envase animado más.
El final, envoltorio a envoltorio
El producto también fue cambiando. La presión sobre el azúcar en la alimentación infantil empujó a la marca hacia formatos más discretos, con listas de ingredientes cada vez más largas y una pérdida de sabor que ningún envoltorio disimulaba. El bloque rectangular dejó paso a pastillitas pequeñas en las que la etiqueta «sin azúcar» ocupaba más espacio que el nombre. Con la llegada del euro llegó además el encarecimiento que sufrieron tantos otros productos de kiosco, y el único argumento que Boomer había defendido siempre, el precio, dejó de estar de su lado.
Queda el rastro material: envoltorios coleccionados, cajitas redondas vacías en un cajón y una mascota que, treinta años después, sigue reconociéndose por dos letras rosas en el pecho.