El virus Barrotes: cuando la pantalla se convertía en celda
· Sergio Roldán
En 1993 apareció Barrotes, y con él la primera experiencia masiva de infección informática que muchos usuarios españoles tuvieron. Se le atribuye la autoría a un programador español y, aunque es razonable pensar que hubo virus anteriores nacidos en el país, ninguno alcanzó difusión suficiente para quedar registrado. Barrotes sí, y por eso ha quedado como el primero de la lista.
Meses de silencio
Su comportamiento explica bien por qué se propagó tanto. Una vez en la máquina se quedaba residente en memoria e infectaba archivos EXE y COM a medida que se ejecutaban, sin mostrar ningún síntoma. No ralentizaba el sistema de forma perceptible, no mostraba mensajes y no tocaba nada visible. Podía pasar meses así.
Lo que esperaba era una fecha concreta: el 5 de enero. Ese día modificaba el sector de arranque y mostraba su carga útil.
Las barras
El efecto es el que le da nombre. La pantalla se llenaba de barras verticales, con el aspecto inequívoco de los barrotes de una celda, y el ordenador quedaba inservible hasta que se resolvía la infección. Como declaración de intenciones era eficaz: un virus que no roba nada, no chantajea a nadie y no persigue beneficio económico, solo anuncia que el ordenador ha dejado de ser propiedad de quien lo usa.
La fecha elegida tampoco es casual en sus consecuencias prácticas. Activarse el 5 de enero significaba que la infección se manifestaba justo cuando la máquina volvía a encenderse tras las fiestas, en muchos casos después de una temporada intensa de intercambio de disquetes.
La variante que se quedó a medias
Tiempo después apareció una modificación con dos cambios importantes. El primero, que no se limitaba a pintar las barras: su objetivo pasaba a ser eliminar archivos del disco duro. El segundo, que en lugar de activarse una vez al año lo haría todos los meses.
Sobre el papel, una versión bastante peor. En la práctica, nunca llegó a ejecutarse: la condición que comprobaba era el día 34 de cada mes. Se ha discutido durante años si fue un fallo de programación o una decisión consciente de quien la retocó para no llegar tan lejos. Desde el punto de vista de la víctima la distinción es irrelevante, porque el resultado fue el mismo. Desde el punto de vista de la historia del software es una anécdota que merece conservarse, porque describe con precisión el nivel artesanal en el que se movía todo aquello.
El vector de contagio
Barrotes se movió por el mismo canal que casi todo el software de la época en España: los disquetes que circulaban de mano en mano en los patios de colegio, en las oficinas y en los clubes de usuarios. Aquel mercado paralelo, con sus cajas de discos etiquetadas a rotulador y sus listas de contenido escritas a mano, funcionaba como una red de distribución extraordinariamente eficaz, y no tenía ningún mecanismo de control.
El antivirus, cuando existía, era un ejecutable más que había que actualizar copiando otro disquete de alguien. La cadena de confianza terminaba en la persona que te pasaba el disco.
Por qué se recuerda
Barrotes no fue especialmente sofisticado ni particularmente destructivo, y su variante ambiciosa resultó inofensiva por un error de una sola cifra. Lo que le da su lugar es haber sido, para toda una generación de usuarios de MS-DOS en España, la primera prueba tangible de que un programa podía tener intenciones propias.
Después llegaron amenazas con modelo de negocio, cifrado y campañas coordinadas. Ninguna ha conseguido una imagen tan clara como aquellas barras verticales apareciendo el mismo día de todos los años.