Películas en discos de vinilo: los videodiscos con aguja
· Sergio Roldán
Películas almacenadas en discos con surcos, leídas por una aguja como si fueran música. Suena a broma, pero el sistema existió, llegó al mercado y fue anterior incluso al Laserdisc.
Cómo se leía una película con una aguja
La idea de partida era razonable en su contexto. La industria sabía fabricar discos con surcos y sabía prensarlos en cantidades industriales a bajo coste, así que trasladar ese proceso al vídeo prometía un soporte barato frente a la cinta magnética.
El problema es que el vídeo exige muchísima más información que el audio. Para meterla en un disco había que aumentar la densidad del surco hasta el límite y leerlo con un elemento en contacto físico con la superficie: una aguja o un patín que recorría el disco mientras giraba a gran velocidad.
De ahí salen todos los inconvenientes del formato. El contacto desgasta, el polvo se convierte en un enemigo serio y cualquier defecto en la superficie se traduce en un salto visible en la imagen.
El CED de RCA
El representante más conocido de esta familia es el CED, comercializado por RCA. Sus discos tenían un aspecto muy parecido al de un LP convencional y se manejaban dentro de un estuche protector que se introducía entero en el reproductor, precisamente para evitar tocar la superficie con los dedos.
La capacidad seguía siendo el punto débil: una película normal no cabía en una cara, así que había que levantarse a mitad de metraje. El sistema llegó tarde, cuando el vídeo doméstico en cinta ya estaba resolviendo el mismo problema con la ventaja decisiva de poder grabar, y desapareció del mercado en pocos años.
Un callejón sin salida con lecciones
La historia del vídeo doméstico se cuenta habitualmente como la pelea entre VHS y Betamax, y en esa versión no cabe nada más. Los videodiscos de contacto quedaron fuera del relato porque perdieron antes incluso de que empezara la parte conocida de la batalla.
Su fracaso, sin embargo, explica bastante bien por qué ganó lo que ganó. Ninguno de estos formatos permitía grabar, y esa era exactamente la función que convirtió el vídeo doméstico en un electrodoméstico imprescindible: grabar la película de la noche, la serie de la sobremesa o el partido. Un soporte de solo lectura tenía que competir en calidad y en catálogo, y no le llegaba para ninguna de las dos cosas.
El Laserdisc, que sí resolvía la calidad y prescindía del contacto físico, sobrevivió como formato minoritario para cinéfilos durante dos décadas. Los discos de surco no llegaron a tener ni eso.
Casi invisibles en España
La presencia de estos sistemas en el mercado español fue prácticamente inexistente. Cuando el vídeo doméstico se popularizó aquí, el debate ya era otro, y estos reproductores nunca llegaron a las tiendas de barrio.
Por eso resultan tan desconocidos: no forman parte del recuerdo de nadie que creciera en España en los ochenta. Son una rareza que se descubre leyendo, no recordando.