Cómo los videojuegos inspiran a las tragamonedas
· Marta Vidal
Plataformas como Betfair, conocidas sobre todo por las apuestas deportivas, mantienen catálogos enteros de tragamonedas de tipo arcade: slots que incorporan los elementos más reconocibles de los videojuegos. Videojuegos y juegos de azar son dos de los sectores de entretenimiento digital más exitosos de los últimos tiempos, y esa fusión no es casual: cuando dos industrias compiten por el mismo rato de ocio frente a la pantalla, la que aprende de la otra suele salir ganando. La influencia se nota en tres frentes concretos.
Temáticas
Las tragamonedas de los casinos físicos ya jugaban con temáticas, pero los desarrolladores de software entendieron pronto que los slots podían aprovechar mucho más de lo que los videojuegos ofrecían. Durante décadas, la ambientación de una tragaperras se agotaba en la iconografía de los rodillos: frutas, campanas, algún tesoro egipcio. El salto llegó cuando los estudios empezaron a construir cada título como se construye un videojuego, con animaciones, efectos de sonido y personajes con entidad propia que sostienen la partida más allá del giro.
El resultado es que dentro de las tragaperras de los casinos en línea se identifican hoy géneros propios, de la aventura al suspense, igual que en cualquier catálogo de consola se distinguen plataformas, disparos o terror. El objetivo declarado es el mismo que persigue cualquier videojuego: una experiencia de inmersión más completa para el jugador, que ya no se sienta ante una máquina sino dentro de una historia con su tono, su música y su protagonista.
Realismo
Ese afán inmersivo lleva a los estudios a cuidar la ambientación de cada escena para meter al jugador dentro de la historia, con las animaciones como herramienta principal: introducciones que presentan a los personajes, transiciones cuando se activa una función especial, celebraciones animadas con cada premio. Las series y las películas también han servido de cantera. The Goonies Return recupera a la pandilla de la película de 1985, con sus escenarios y personajes reconocibles al primer vistazo, y Rick and Morty Wubba Lubba Dub Dub traslada a los carretes el humor y las voces de la serie de animación. Ambos títulos, obra del estudio británico Blueprint Gaming, convencieron a los operadores de que el realismo y las licencias reconocibles eran una de las claves para que estos juegos de azar funcionaran mejor entre el público: quien reconoce el universo entra antes en él.
La habilidad del jugador
El préstamo más llamativo son los minijuegos. Quien haya jugado a videojuegos sabe que avanzar de nivel exige destreza, y esa es exactamente la lógica que estos slots injertan en su estructura. En la pantalla principal el azar sigue mandando, pero a medida que la partida avanza el jugador puede desbloquear fases que se parecen mucho más a un videojuego y que dependen casi por completo de su habilidad. La estructura recuerda a la progresión por niveles de toda la vida: superar una pantalla, acceder a la siguiente, mejorar en cada intento, con la diferencia de que aquí la llave de acceso sigue siendo aleatoria.
Porque ese es el matiz que conviene no perder de vista: el acceso a esos minijuegos pasa por las combinaciones que salgan en los carretes, o en las cuadrículas que algunos slots de tipo arcade han adoptado en su lugar. La destreza solo cuenta una vez dentro de la fase desbloqueada. Para quien quiera trastear con estas mecánicas sin comprometer dinero propio, los bonos sin depósito permiten probar este tipo de títulos sin pago previo.
La frontera entre ambos sectores sigue moviéndose, y las cuadrículas que sustituyen a los carretes clásicos son solo el préstamo más reciente: la cuadrícula es, al fin y al cabo, el tablero natural de los juegos de puzle desde los tiempos de los salones recreativos.