Pixels en el Camino #3: Hypersports y el arte de hacer pipí

Primos. Todos tenemos alguno. Son esas personas tan importantes en nuestros primeros años de vida. Nuestros primeros amigos.

primos

Aquel que no recuerde esas noches en que se quedaban a dormir en casa y aprendíamos a reírnos en voz baja para no despertar a papá o mamá, o que no recuerde esos domingos de campo, en familia, o esos días de playa jugando a saltar olas. Quien no recuerde una infancia rodeado de primos se ha perdido algo grande. Creedme.

Luego la vida va pasando y uno acaba alejándose, claro. La relación se va diluyendo un poco y tus primos del alma se convierten en esos señores mayores, calvos y con algo de tripa con los que coincides en bodas, bautizos y funerales. Pero siguen siendo importantes. Siguen teniendo un rinconcito en nuestros corazones y, al menos, esa alegría que sentimos, ese abrazo que nos damos en las, cada vez más contadas ocasiones en que coincidimos sigue siendo sincero. Y eso ya es mucho.

Cuando yo pienso en primos vienen a mi cabeza un juego de Spectrum, una bronca a media voz y el mágico momento en que aprendí a hacer pipí como Dios manda. Empecemos con las batallitas del abuelo.

El juego en cuestión es el maravilloso Hypersports de Konami. De Konami es algo que sé hoy, claro. En su momento maldito el interés que podíamos tener en saber quien lo había hecho. Era simplemente uno de esos juegos que alguien le había grabado a mi primo y que le había pasado en el patio en alguna de esas cintas BASF de 60 minutos.

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Una de esas cintas que, cuando ya habías pasado un buen rato jugando a los juegos con carátula, acababa en el cassette del Spectrum Plus a la voz de “a ver que nos encontramos”.

Tampoco era fácil llegar a ese momento, claro. Previamente había que convencer a mamá de que me dejara quedarme a dormir en casa del primo. La conversación entre madre y tita era seguida con auténtica angustia por los primeros interesados y el momento de la sentencia final, era acogido con gritos de júbilo o bien, lamentos desgarradores por no habernos salido con la nuestra.

El caso es que, en no pocas ocasiones, la cosa salía bien y tras los consabidos: “Pórtate bien, hazle caso a tu tía y mañana viene papá a por t”, uno podía pasarse la tarde entera, la cena y hasta bien entrada la noche jugando con sus primos. Jugando a La vuelta ciclista con unas pistas, dibujadas en cartones, y con chapas, vaciando el tambor de detergente hasta arriba de piezas del Tente y, como no, jugando al Spectrum.

En casa de mi primo recuerdo haber descubierto el Pssst y el Jet-Pac, el Ant-Attack, el Jet Set Willy… ¡Tantos y tantos juegos! Pero sobre todo recuerdo las interminables partidas al Fernando Martin y, como no, al Hypersports.

No pretendo hablaros del juego ya que es de sobras conocido. Mi primo y yo solíamos jugarlo “a dobles”, esto es, uno machacaba teclas y el otro esperaba el momento exacto para pulsar el botón de acción. Las partidas eran frenéticas, la ilusión cuando conseguíamos arañar unas décimas al cronometro solo se puede comprender si tienes ocho o nueve años y estás jugando a las tres de la mañana tratando de no hacer ruido para que no se despierte tu tío y te caiga la bronca.

En aquella casa imperaba lo que a mí, que venia de un ambiente más laxo, me parecía una organización cuasi militar. Vamos, que había una serie de normas de obligado cumplimiento. Que nadie se espere nada extraño, esas normas eran, básicamente, que antes de la hora de dormir había que hacer pipí para evitar fugas nocturnas. A mí, en cuya casa reinaba la más absoluta anarquía mingitoria, aquello me parecía aberrante. Aún sonrío cuando recuerdo aquellas conversaciones con mi tío:

– Pero, tito, es que no tengo ganas…

– Tú achucha que algo saldrá.

– Pues no lo entiendo, se supone que uno hace pipí cuando le dan ganas ¿no?

– No siempre Antoñete, esos son los animales. Las personas son capaces de elegir el mejor momento para ciertas cosas.

– Pues no lo entiendo.

– Ni falta que te hace ¡mea!

El caso es que en esa casa, yo aprendí a hacer pipi como Dios manda.

Y batí todos los records al Hypersports.

Cuando empecé con estos artículos sabía que iba a hablar de juegos que recordaba bien y de los motivos por los que los recordaba. Últimamente ando dándole bastantes vueltas a la cabeza con este tema de la nostalgia y el retro. ¿Por que jugamos a estos juegos? ¿por que nos negamos a dejarlos atrás? ¿son tan buenos? ¿tan divertidos…?

Sinceramente, no lo sé. Cada vez escucho más palabras como “legado”, “preservación”, “divulgación”… Y cada vez me siento menos identificado con todo eso. Mi parte “seria”, “culta” o como queráis llamarla, está muy de acuerdo con toda esa labor y la considera necesaria e importante, claro que sí, pero…

Si yo no olvido todos estos juegos es porque forman parte de mi vida, de mis recuerdos. Si no los dejo atrás es por que me reconfortan. Si siguen conmigo es porque me divierten.

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Anoche estaba en el cementerio charlando con mi primo. Una larga enfermedad se ha llevado a mi tío antes de tiempo. En momentos así se tiende a compartir vivencias, recuerdos.

– ¿Te acuerdas de tu Spectrum, primo? ¡Menudas partidas nos echábamos al Hypersports!

– ¿Ese era el de la piscina, no? El que había que darle al botón para que el muñeco respirara…

– ¡Sí, ese! ¡Creo que debimos batir todos los records en tu casa, tío!

– ¡Qué va! Yo prefería jugar en la tuya, que tu tenias mando. Y si lo ponías boca abajo y lo agitabas corrías mucho mas.

– ¡Coño, es verdad! Pero en tu casa era más emocionante ¿verdad?

– ¡Claro! ¡Menudas broncas nos echaba mi padre!

De vez en cuando me gusta echar una partida, de noche, mientras mi mujer duerme. Es difícil machacar teclas sin hacer demasiado ruido. Suelo sonreír tontamente mientras pienso: una partida más y lo dejamos, primo. Luego me voy a la cama.

Nunca me olvido de hacer pipí, primero.

Acerca de logaran

Aficionado a todo menos al fútbol y a los toros. Friki convencido y a mucha honra. Estoy más que preparado para un apocalipsis zombi... Web | Twitter | Facebook | Google+
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